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La salsa siempre ha coqueteado con otros géneros musicales, con otros estilos, con distintas tradiciones. Y viceversa. En Woodstok (1969), Carlos Santana introdujo la fuerza de la percusión latina en su propuesta de “rock sudamericano” con la canción Soul Sacrifice. En los años setenta, era común escuchar en medio de alguna canción un buen trozo de música brasileña (Ah, ah; oh, no, cantada por Héctor Lavoe, por ejemplo). Y en los primeros compases de la canción Plástico, Rubén Blades hizo una irónica alusión a la música disco. Más recientemente, canciones como La Llave (algo de mambo más “merengue, bachata y son”) de Juan Luis Guerra, o los coqueteos de Gilberto Santa Rosa con el reguetón (o reggaeton, según sea el gusto) demuestran que eso que llamamos salsa es capaz de nutrirse de cualquier fuente, incluso de sí misma, para reinventarse todas las veces que le plazca. Esta capacidad no le es exclusiva, ni mucho menos. El flamenco es igualmente dúctil, moldeable y abierto. Será por eso que resultó tan natural la fusión que presentaron en su momento Bebo Valdés y Diego, El Cigala. El disco Lágrimas Negras es la puerta por la que estamos invitados a entrar a una tierra de nadie, por explorar; un paisaje riquísimo que apenas empieza a ser descubierto. El bolero, el flamenco… quejas del alma. Atravesar la puerta es el privilegio de los que vienen detrás. Incluso es la suerte de los mismísimos Bebo y Diego (El disco “Dos Lágrimas” está allí para certificarlo). Pero haber encontrado la llave para abrir esta puerta ha sido un aporte al mundo de la música, en general, y el de la salsa, en particular, cuyas consecuencias están aún por verse. Mientras tanto, esperemos a que muchos más sientan la curiosidad de llamar a la puerta del flamenco, marcando la clave cubana. Y viceversa. |